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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXVI Domingo Ordinario.

Domingo 1 de octubre de 2006

DIOS ESTÁ LIBRE DE CUALQUIER ESTRUCTURA.
“DEJAR A DIOS SER DIOS”, C. G. VALLÉS.


Bendigamos al Señor porque es bueno y eterna su misericordia, nos preserva de la soberbia y por su gracia no deja que el orgullo nos domine.

Queridos hermanos: El querer soberano de Dios es una realidad misteriosa como corresponde a la naturaleza divina. Pero por pura misericordia suya ha querido expresar su voluntad en las enseñanzas de la Sagrada Escritura y especialmente en el Evangelio de Jesucristo su Hijo y a través de Él. Por eso la Iglesia medita permanentemente su Palabra y la expone a todos para que, oyéndola, la acojan y la practiquen, y de esta manera se salven. Esa es su misión.

Sin embargo, mis hermanos, es muy conveniente que caigamos en la cuenta de que ésta no es la única forma como Dios salva. Él tiene otros caminos. Tiene otros canales para conceder sus gracias. No podemos pretender enseñarle a Dios cómo hacer las cosas; y mucho menos en lo que respecta a su proyecto de amor para todos los seres humanos, muchos de los cuales no tienen, en pleno siglo veintiuno, conocimiento y ni siquiera noticia del Evangelio.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, dice san Pablo (1Tm 2,4). Por eso, hermanos, Él sabe cómo salva a tantos hombres y mujeres que no lo conocen. Y si bien es cierto que la Iglesia existe por voluntad divina, es criatura suya, no hemos de perder de vista, por eso mismo, que Él está por encima de ella. Y aunque refleja su misterio y es instrumento o sacramento de salvación —como lo expresamos al profesar la fe en ella—  debemos saber que Dios­­­­ no está encajonado en ella. Por otro lado, por más que profesemos nuestra fe en la santidad de la Iglesia, comprobamos cada día, en la vida de cada uno de los que la formamos y en sus estructuras, que somos pecadores.

Por eso las lecturas de hoy, especialmente la primera y el evangelio, nos advierten que no podemos manipular la religión para sentirnos superiores a otros, sino al contrario, si de veras pertenecemos al pueblo de Dios, hemos de ponernos a su servicio. Acerquémonos, ahora, un poco más a los textos por medio de los cuales Dios nos enseña y nos nutre este domingo.

En primer lugar encontramos, tanto en el libro de los Números como en el evangelio de san Lucas, una actitud y una enseñanza común: Moisés expresa su alegría y su deseo de que todo el pueblo fuera capaz de hablar en nombre de Dios. Al fin y al cabo el Pueblo de Dios es un pueblo profético. Moisés con esta actitud reconoce que ni siquiera él tiene el monopolio de los dones de Dios. Estos nos son monopolio de nadie. Lo mismo sucede en el evangelio donde san Juan toma la misma actitud del joven de la primera lectura, y pretende, sin ningún rubor, que las obras de Dios sean monopolio de unos cuantos, en concreto, de los que se dicen seguidores de Cristo: “como no es de los nuestros, se lo prohibimos”, dice el apóstol. Pero Jesús lo corrige diciendo, en palabras nuestras, que nadie puede hacer el bien si no es bajo el influjo del Espíritu. El obrar bien siempre viene de Dios. Por eso hemos de reconocer que fuera de la Iglesia existen muchos bienes y muy valiosos, como enseña el concilio Vaticano II el cual además nos exhorta “a que con prudencia y caridad…, (los fieles de la iglesia ) reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales” que existen en los adeptos de otras religiones (Nostra aetate 2c).

La actitud de Juan es típica de los grupos que se van distanciando de los demás y se van sintiendo superiores y autosuficientes frente a aquellos. En la Iglesia, por desgracia, nunca han faltado grupos, movimientos, personas o instituciones que adoptan posturas de intolerancia, muy contrarias a las de Jesús, incluso pretenciosamente en nombre de Él.

Actitudes así, queridos hermanos, no favorecen de ningún modo la propagación del evangelio al que todos los seres humanos tienen derecho y nosotros, como bautizados, tenemos como encomienda principal. Por estas formas de comportarnos, muchas veces alejamos en lugar de acercar a quienes honestamente buscan a Dios. Este es resultado del escándalo: que alguien (porque es pequeño e indefenso) se aleja de Dios. Y Jesús, en la enseñanza que va dando a sus apóstoles, aunque no lo entiendan, es en este punto bastante claro y tajante: Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. El escándalo es el ataque más serio a la fe de los pequeños.

Antes que escandalizar, advierte Jesús, es mejor sacrificar todo. Recordemos en este momento su exigencia de tomar la cruz par salvarnos. Son palabras muy serias, hermanos. Y por eso no escatima nada por ilustrar de alguna manera muy plástica su exigencia: más vale sacrificar ojos, como símbolo de los deseos desordenados que nos provoca la vista; los pies, como símbolo de los malos caminos por los que andamos y del poder que tanto anhelamos, y finalmente, las manos, como símbolo de las prácticas injustas hacia los más débiles y pequeños. En esto, mis hermanos, nos ayuda la llamada de atención que Santiago en la segunda lectura a los ricos abusivos, explotadores y opresores de los pobres. Pero también hemos de tener en cuenta en relación con la intolerancia lo que observa un autor: “Muchos que —escandalizados, digo yo— se ha pasado la vida combatiendo la intolerancia de otros, se convierten de pronto en el máximo exponente de la mezquindad, la intransigencia y el sectarismo. ¿Por qué será eso así?” (Juan Apecechea). Y esto, mis queridos hermanos, lo estamos viviendo hoy en nuestros ambientes religiosos y políticos.

Si somos perseverantes en la participación de la misa dominical. Iremos comprendiendo cada vez mejor las exigencias con que Jesús nos instruye cada domingo. Pero no olvidemos que otra forma de conocer para seguir a Jesús es la catequesis que podemos recibir en nuestras comunidades parroquiales. Ojalá nos decidamos por dejarnos atraer por el Señor quien siempre sale a nuestro encuentro para hacernos a todos hermanos.

Que nuestra muchachita Santa María de Guadalupe, Madre de todos los hombres, nos acompañe en el propósito de seguir a nuestro Maestro y Señor. Amén.

 
 
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