DIOS ESTÁ LIBRE DE CUALQUIER ESTRUCTURA.
“DEJAR A DIOS SER DIOS”, C. G. VALLÉS.
Bendigamos al Señor porque es bueno y eterna su misericordia,
nos preserva de la soberbia y por su gracia no deja que el orgullo nos
domine.
Queridos hermanos: El querer soberano de Dios es una realidad
misteriosa como corresponde a la naturaleza divina. Pero por pura
misericordia suya ha querido expresar su voluntad en las enseñanzas
de la Sagrada Escritura y especialmente en el Evangelio de Jesucristo
su Hijo y a través de Él. Por eso la Iglesia medita permanentemente
su Palabra y la expone a todos para que, oyéndola, la acojan y
la practiquen, y de esta manera se salven. Esa es su misión.
Sin embargo, mis hermanos, es muy conveniente que caigamos
en la cuenta de que ésta no es la única forma como Dios salva. Él
tiene otros caminos. Tiene otros canales para conceder sus gracias.
No podemos pretender enseñarle a Dios cómo hacer las cosas;
y mucho menos en lo que respecta a su proyecto de amor para todos
los seres humanos, muchos de los cuales no tienen, en pleno siglo
veintiuno, conocimiento y ni siquiera noticia del Evangelio.
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad, dice san Pablo (1Tm 2,4). Por eso, hermanos, Él sabe cómo salva a tantos
hombres y mujeres que no lo conocen. Y si bien es cierto que la
Iglesia existe por voluntad divina, es criatura suya, no
hemos de perder de vista, por eso mismo, que Él está por encima
de ella. Y aunque refleja su misterio y es instrumento o sacramento
de salvación —como lo expresamos al profesar la fe en ella— debemos
saber que Dios no está encajonado en ella. Por otro lado,
por más que profesemos nuestra fe en la santidad de la Iglesia,
comprobamos cada día, en la vida de cada uno de los que la formamos
y en sus estructuras, que somos pecadores.
Por eso las lecturas de hoy, especialmente la primera y el
evangelio, nos advierten que no podemos manipular la religión para
sentirnos superiores a otros, sino al contrario, si de veras pertenecemos
al pueblo de Dios, hemos de ponernos a su servicio. Acerquémonos,
ahora, un poco más a los textos por medio de los cuales Dios nos enseña
y nos nutre este domingo.
En primer lugar encontramos, tanto en el libro de los Números
como en el evangelio de san Lucas, una actitud y una enseñanza
común: Moisés expresa su alegría y su deseo de que todo el pueblo
fuera capaz de hablar en nombre de Dios. Al fin y al cabo el Pueblo
de Dios es un pueblo profético. Moisés con esta actitud reconoce que
ni siquiera él tiene el monopolio de los dones de Dios. Estos nos
son monopolio de nadie. Lo mismo sucede en el evangelio donde
san Juan toma la misma actitud del joven de la primera lectura, y
pretende, sin ningún rubor, que las obras de Dios sean monopolio
de unos cuantos, en concreto, de los que se dicen seguidores de
Cristo: “como no es de los nuestros, se lo prohibimos”, dice
el apóstol. Pero Jesús lo corrige diciendo, en palabras nuestras,
que nadie puede hacer el bien si no es bajo el influjo del Espíritu.
El obrar bien siempre viene de Dios. Por eso hemos de reconocer
que fuera de la Iglesia existen muchos bienes y muy valiosos, como
enseña el concilio Vaticano II el cual además nos exhorta “a que
con prudencia y caridad…, (los fieles de la iglesia ) reconozcan,
guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como
los valores socio-culturales” que existen en los adeptos de otras
religiones (Nostra aetate 2c).
La actitud de Juan es típica de los grupos que se van distanciando
de los demás y se van sintiendo superiores y autosuficientes frente
a aquellos. En la Iglesia, por desgracia, nunca han faltado grupos,
movimientos, personas o instituciones que adoptan posturas de intolerancia,
muy contrarias a las de Jesús, incluso pretenciosamente en nombre
de Él.
Actitudes así, queridos hermanos, no favorecen de ningún modo
la propagación del evangelio al que todos los seres humanos tienen
derecho y nosotros, como bautizados, tenemos como encomienda principal.
Por estas formas de comportarnos, muchas veces alejamos en lugar de
acercar a quienes honestamente buscan a Dios. Este es resultado del
escándalo: que alguien (porque es pequeño e indefenso) se aleja
de Dios. Y Jesús, en la enseñanza que va dando a sus apóstoles,
aunque no lo entiendan, es en este punto bastante claro y tajante:
Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen
en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino
y lo echaran al mar. El escándalo es el ataque más serio a la
fe de los pequeños.
Antes que escandalizar, advierte Jesús, es mejor sacrificar
todo.
Recordemos en este momento su exigencia de tomar la cruz par salvarnos.
Son palabras muy serias, hermanos. Y por eso no escatima nada por
ilustrar de alguna manera muy plástica su exigencia: más vale sacrificar
ojos, como símbolo de los deseos desordenados que nos provoca la vista;
los pies, como símbolo de los malos caminos por los que andamos y
del poder que tanto anhelamos, y finalmente, las manos, como símbolo
de las prácticas injustas hacia los más débiles y pequeños. En
esto, mis hermanos, nos ayuda la llamada de atención que Santiago
en la segunda lectura a los ricos abusivos, explotadores y opresores
de los pobres. Pero también hemos de tener en cuenta en relación con
la intolerancia lo que observa un autor: “Muchos que —escandalizados,
digo yo— se ha pasado la vida combatiendo la intolerancia de otros,
se convierten de pronto en el máximo exponente de la mezquindad,
la intransigencia y el sectarismo. ¿Por qué será eso así?” (Juan Apecechea).
Y esto, mis queridos hermanos, lo estamos viviendo hoy en nuestros
ambientes religiosos y políticos.
Si somos perseverantes en la participación de la misa dominical.
Iremos comprendiendo cada vez mejor las exigencias con que Jesús nos
instruye cada domingo. Pero no olvidemos que otra forma de conocer
para seguir a Jesús es la catequesis que podemos recibir en nuestras
comunidades parroquiales. Ojalá nos decidamos por dejarnos atraer
por el Señor quien siempre sale a nuestro encuentro para hacernos
a todos hermanos.
Que nuestra muchachita Santa María de Guadalupe, Madre de
todos los hombres, nos acompañe en el propósito de seguir a
nuestro Maestro y Señor. Amén.