VIVIR EL PRESENTE PARA ASEGURAR EL
FUTURO
Hermanos: Bendigamos al Señor y Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que en su providencia nos ha hecho, unidos a su Hijo, protagonistas
de nuestra propia salvación pues, en su proyecto de amor por la humanidad,
nos hace, por su Espíritu, participar a todos por la obediencia de la
fe, la esperanza y el amor que vivimos cada día en la libertad y la
responsabilidad.
Queridos hermanos: la salvación es una realidad misteriosa
e histórica. Es misteriosa porque es un don de Dios y no
tenemos ninguna clase de dominio sobre ella; es histórica porque exige
ser acogida ahora en la historia por la criatura humana la cual
ha de corresponder a este don en la libertad y en el amor. Esta dimensión
histórica coloca a la fe cristiana —como a la judía— en un lugar muy
diferente de otras religiones que se rigen por supuestas revelaciones
y principios recibidos por el fundador, pero ajenos a la experiencia
de la comunidad creyente.
Así nos lo hace ver el autor de la segunda lectura de este
domingo, la carta a los Hebreos, al referirse al sacrificio
de Cristo en la cruz; sacrificio, que realizado una sola vez y
para siempre en la historia, obtuvo para toda la humanidad la
plenitud de la salvación.
Nosotros, al hacer nuestra, es decir aceptando, esta
oferta de salvación, le damos su dimensión histórica que apunta
hacia su plenitud en cada uno de nosotros ya desde ahora. Puesto que,
aunque es algo ya realizado por Dios mediante el acto redentor de
su Hijo, somos nosotros los que, con nuestra respuesta libre y
agradecida, hacemos de esta realidad misteriosa algo histórico.
Por eso, mis hermanos, podemos afirmar que el cristiano
está en tensión permanente entre el presente y el futuro; en este
futuro en el que alcanzaremos la plenitud de lo que ya hemos recibido
inicialmente. “Con la resurrección de Jesús, de hecho, el mundo
y la historia han entrado en su fase final en la plenitud de los tiempos.
Las promesas de Dios se han cumplido y los cielos y la tierra nuevos
ya se han inaugurado” (de la Introducción a la XXXIII Domenica
Anno B del Messale dell’Assemblea Cristiana). Son ya una realidad
inicial presente, pero todavía tienen que llegar a su plena realización
cuando Cristo sea todo en todos, como dice el Apóstol Pablo (1Co 15,28).
Existe en la Sagrada Escritura, queridos hermanos, un lenguaje
que hemos de saber entender sin pretender tomarlo al pie de la letra.
¡Es imposible! Y es una verdadera equivocación tomar ese camino.
La literatura apocalíptica, aunque es muy llamativa e impresionante,
no deja de ser esencialmente simbólica. En esta literatura
se encuentra el libro de Daniel del cual hemos escuchado la primera
lectura. El autor habla de un gran final que estará precedido de
“una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos”
(comentario al texto en Biblia de América), pero que consiste en una
liberación total descrita también con el signo de la resurrección
de los muertos.
Al final, según este texto, resucitarán tanto justos como impíos,
uno para la vida eterna y otros para la muerte eterna. Pero en el
texto del evangelio de san Marcos, Jesús emplea un lenguaje parecido
y muy cercano al apocalíptico: el conocido entre los estudiosos como
‘escatológico’ es decir un lenguaje que se empeña en señalar
más la participación libre y comprometida del hombre que el total
protagonismo de un dios que sólo castiga o premia. Con esta forma
de enseñar, Jesús nos invita a asumir nuestra responsabilidad en la
historia tanto personal como social. Jesús invita a sus discípulos
a saber vivir los diferentes momentos de la historia con la mirada
puesta en el futuro; más concretamente, en su venida (parusía).
Como podemos ver, el modo de hablar de Jesús supera el tremendismo
y pesimismo que caracteriza el lenguaje apocalíptico. En efecto, Jesús
nos invita a una actitud expresada por la vigilancia o espera paciente
y a otra muy dinámica que es la capacidad de observar con sabiduría
el momento presente como el acontecer en el que tenemos de la
oportunidad de construir un futuro. Esto es muy positivo y esperanzador.
En medio de las tribulaciones, las adversidades y persecuciones
existe la posibilidad de salvación por la certeza de la misericordia
divina, pero también por la cooperación libre y responsable de cada
uno.
No se trata, entonces, mis hermanos, de aterrorizarnos frente
al futuro, sino de disponernos a vivirlo con la confianza de
que en la nueva situación a la que somos llamados a participar, alcanzaremos
la promesas que Cristo hace a quienes los siguen hoy en la fidelidad.
A este respecto dice un autor: “me pregunto si el discurso
escatológico contiene más referencias al futuro o al presente. Ciertamente,
el cuadro está dominado por las perspectivas de las realidades últimas,
sobresale sin duda la visión del hijo del hombre. Sin embargo, la
mirada está concentrada en el hoy. Como si la única manera para
ser ‘contemporáneos’ del futuro consista en vivir en plenitud el presente.
El único modo para permanecer fieles a lo eterno está en no traicionar
el presente” (Pronzato).
Esta enseñanza de Jesús es un señalamiento sobre lo que verdaderamente
importa: vivir intensamente el presente con el deseo de alcanzar
el futuro. Un futuro que no sabemos cuándo vendrá pero para el
cual hemos de estar preparados mediante la vigilancia paciente y responsable.
Esto implica que afinemos la atención, es decir la capacidad de valorar
en su justa dimensión los acontecimientos de la historia presente.
De manera que no caigamos en el desánimo y de la angustia estériles,
sino que veamos todo como oportunidades para crecer, para alcanzar
lo que se nos promete en el amor y nosotros acogemos en la gratitud
responsable. Nada por terrible que sea es del todo negativo.
Con la ayuda divina podemos sacar bien, y mucho, del mal que nos hace
sufrir.
Y nosotros los cristianos, específicamente los católicos, sabemos
cómo; sólo es necesario que nos decidamos; porque tenemos siempre
ante nosotros, cada domingo, la imagen, la enseñanza, el apoyo solidario
y el espíritu de aquel que asumió con nuestra carne también nuestra
historia para transformarla, junto con nosotros, de pecadora en
justa… En fin, hermanos, cada domingo decimos: ¡Ven, Señor, Jesús!
Y esto no es sólo un mero deseo. Es ante todo un compromiso de amor
en el trabajo diario de darle vida en plenitud a nuestro mundo, pues
somos, como dice un documento de la antigüedad cristiana: lo que
es el alma en el cuerpo es lo que deben ser los cristianos en el mundo
(Carta a Diogeneto, 6; hacia el 180).
Que Nuestra Niña y Señora Santa María de Guadalupe; Madre y
maestra, nos aliente con su ejemplo y con su intercesión. Amén.