CRISTO ES REY, PERO ¿REINA ENTRE NOSOTROS?
Hermanos, demos honor y gloria a Dios, nuestro Padre y a
su Hijo Jesucristo, el Cordero inmaculado, santo e inocente que, con
su sangre, nos adquirió para su Reino, haciendo de los que creemos y
lo seguimos un pueblo sacerdotal que le da el culto debido sólo a Él.
Mis queridos hermanos, hoy, en el último domingo del tiempo
ordinario celebramos a Jesucristo, Rey del Universo. Esta fiesta
es la culminación de este gran recorrido que hemos hecho, a lo largo
del año, contemplando y meditando los misterios de la salvación que
nos trae Cristo, nuestro Señor y Maestro. Al mismo tiempo, hemos
ido haciendo nuestras sus enseñanzas en la obediencia de la fe y el
amor a fin de ser verdaderos discípulos suyos y ciudadanos, ya
desde ahora, del Reino al que somos llamados y conducidos por su Espíritu.
Parece, hermanos, que con esta fiesta, desde que la instituyó
el papa Pío XI en 1925, la Iglesia nos invita a centrar el sentido
de la verdadera religión en Cristo, el único a quien se le debe
todo el honor, el sometimiento y la gloria. Conducidos por Jesús,
hemos meditado al lo largo del año sobre la fe hecha una forma de
vivir tal que nos asegura la salvación. Pareciera que sólo nos servimos
de Dios para lograr ese objetivo, y es de algún modo cierto, pues
no hay otra forma alcanzarlo ya que es ante todo una oferta divina.
Sin embargo, por nuestro bien, lo que verdaderamente importa, lo que
es definitivo y necesario, es que Él sea reconocido como el único
soberano a quien todo se somete en la libertad y el amor fiel.
Todo lo que nos ha enseñado Jesús, desde su encarnación hasta su resurrección,
pasando por su vida y su mensaje, ha sido la obediencia a su Padre
Dios, porque hasta Él mismo, acatando el plan de su Padre, se
humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte
de cruz (Fil 2,8).
Todas las lecturas de este domingo, mis queridos hermanos,
nos ayudan a entender este misterio tan sublime y tan central de nuestra
fe. Vamos, pues, a repasarlas para dejarnos iluminar por
la Palabra que nuestro buen Padre Dios nos regala hoy.
En la primera lectura, el autor del libro de Daniel nos
lleva a contemplar, con formas de expresión propias del lenguaje
apocalíptico, una escena celeste en la que un hijo de la humanidad,
pero al mismo tiempo diferente de todos los hombres, recibe de
Dios poder y gloria para reinar sobre todos los pueblos, naciones
y lenguas, es decir sobre toda la humanidad. Este ‘como hombre’, además
de ser el jefe de un pueblo, puede también representar a un pueblo
que ha pasado por grandes tribulaciones y persecuciones y recibe también
un poder especial. A la luz de la tradición cristiana, especialmente
la interpretación del evangelista Mateo, ese misterioso ‘hijo de
hombre’ es Cristo que, después de pasar por la pasión, se presentará,
como Mesías, sobre las nubes del cielo y será investido de todo poder
(Mt 26,64; 28,18).
El Apocalipsis, en la segunda lectura, en su presentación, a manera de prólogo,
nos muestra a Cristo como ese personaje del libro de Daniel que
recibe todo el poder y la gloria para siempre ya que nos ama
y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre y ha hecho
de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre (Ap 1,5b-6).
¡El es el que es, el que era y el que viene, el Omnipotente!
(v.7).
En el evangelio tenemos, no una narración apegada al hecho
real, que tampoco hay razón para negar, sino una expresión de una
realidad misteriosa de la fe. Parece que el evangelista está interesado,
más que en darnos detalles de la comparecencia de Jesús ante Pilato,
en hacer entender a los destinatarios de su obra (y por supuesto
a nosotros) el sentido profundo de lo que está por sucederle en
su pasión y en su muerte. Desde el principio, para los cristianos
Jesús es rey. Los judíos habían colocado sobre la cruz los motivos
políticos, según ellos, de su muerte: había pretendido proclamarse
rey. En la escena ante Pilato, Jesús lo afirma, pero aclara que
su reino no es de este mundo.
Es muy importante, mis hermanos, entender bien lo que significa
esta afirmación de Jesús. Para eso hemos de situarla en el contexto
del misterio de su encarnación, de su vida y de sus enseñanzas. Él
vino al mundo para salvarlo; asumió, como ya hemos dicho otras
veces, la historia, la que sucede en el mundo. Y lo hizo para salvar
al hombre desde su realidad histórica. Entonces lo que dice Jesús
es que no vino a competir con los poderes puramente terrenales, llenos
de soberbia y egoísmo y al final, caducos; su poder no es político.
El imperio romano nada tiene que temer de Él.
Jesús vino a darle el verdadero sentido a la historia que encuentra su desenlace en la meta
que Dios le ha dado en el más allá. El reino de Dios no se acaba
ni llega a su perfección en la tierra, aunque comienza aquí. Decía
Jesús, mientras enseñaba, el reino de Dios ya está en medio de
ustedes (Lc 17,21), pues con su venida llegó a nosotros (Mc 1,15).
Sin embargo, aunque no se identifica con los poderes de la tierra,
si éstos se colocan por debajo del suyo, manifiestan el poder soberano
de Dios. Porque cada vez que se hace la voluntad de Dios, tal
como nos la enseña Jesús, podemos decir que vivimos, aunque sea inicialmente,
bajo el dominio de Dios.
Más concretamente, queridos hermanos: cuando, según
el mandato de Jesús, nos conducimos en el amor a Dios y
al prójimo, estamos dejando a Dios ser nuestro rey. Cuando vivimos
en la verdad y luchamos por la justicia, siendo justos, estamos
trabajando porque el Reino de Cristo sea una realidad ahora, en
nuestra historia, en nuestros ambientes. Cuando somos fieles
a nuestra vocación, cualquiera que ésta sea, estamos dejando que
Dios sea Rey. Igualmente sucede cuando nos confiamos totalmente
a Él, sin dejar de hacer lo que nos toca, pero dejando que se manifieste
como nuestro Señor.
Para eso nos reunimos, hermanos, cada domingo. Para decirle
con alegría y entrega filial: ¡Tuyo es el Reino, tuyo el poder
y la gloria, por siempre y en todo, Señor! En efecto, la Eucaristía
es la ocasión más sublime de expresar, junto con María y todos los
santos, nuestra total obediencia y disponibilidad. Nuestra Muchachita
y Señora: Santa María de Guadalupe, nos enseña e intercede por nosotros
para alcanzar esa gracia que nos hace verdaderamente libres. Amén.