Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en el III Domingo de
Pascua.
Domingo 30 de abril de 2006
VIDA ETERNA Y CONVERSIÓN
“Aclamen al Señor, habitantes todos de la tierra, canten un
himno a su nombre, denle gracias y alábenlo”. Hermanos: Con el salmo 65, la Iglesia
universal proclama jubilosa en este tiempo el misterio de la Pascua.
El misterio de Cristo muerto y resucitado no es solamente el centro
del misterio de la Iglesia. Lo
es también de la historia de la humanidad.
Nada queda fuera de su influjo bienhechor. La historia
y la aventura humana no es la misma con Cristo que sin Él. Y
la Iglesia tiene el honroso deber de anunciar y proponer
esta realidad humano-divina a todos para que lleguen al conocimiento
de esta Verdad y se salven (cf. 1Tm 2,4). Y la forma de anunciar
y proponer este misterio de amor, la primordial, la más importante
y decisiva, tan antigua como la misma Iglesia y a la vez tan natural
es el testimonio. Éste es insustituible e insuperable.
Desde el principio, la Iglesia anuncia no sólo con palabras,
sino especialmente con hechos de vida, con experiencia. Como lo
vemos en los Hechos de los Apóstoles. Porque de muy poco sirve evangelizar
con palabras y doctrinas si no hay testimonio. Los cristianos anunciamos
la vida que hemos contemplado y experimentado en la propia historia
tanto individual como comunitariamente.
En los Hechos de los Apóstoles, de donde hemos escuchado la primera
lectura, el apóstol Pedro toma la palabra para explicar el sentido
de una curación que Dios ha hecho por medio de ellos. Es con el
poder del Señor Jesús, a quien crucificaron los judíos, como se ha dado
la sanación del paralítico. Es éste el primer testimonio de los apóstoles:
estar bien seguros de haber actuado en nombre del Resucitado quien vive
y actúa por medio de ellos.
Los apóstoles quieren hacer entender a los israelitas que, aunque
ellos hicieron morir a Jesús, Dios había previsto y anunciado, por
medio de los profetas, que el Mesías padeciera (v. 19; cf. Lc 24,26).
Hicieron morir al justo, santo y autor de la vida prefiriendo
a un asesino en su lugar, pero esto se convirtió en causa de
salvación de toda la humanidad porque de esta forma se convirtió
—como nos lo dice san Juan en la segunda lectura— en víctima de expiación
por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros sin por los de todo
el mundo (1Jn 2,2).
Es importante, hermanos, que notemos que, desde el principio, la Iglesia
no cesa de anunciar ante todo la misericordia de Dios, pues, como
hemos escuchado, el Apóstol inmediatamente exhorta a los judíos
a creer, mediante el arrepentimiento, en la misericordia divina manifestada
en Jesucristo. Esta verdad es central en el anuncio de la salvación.
Dios perdona nuestros pecados, mis queridos hermanos, pero
exige de nosotros el cambio de vida, que es el principal testimonio
de que nos hemos dejado salvar por Cristo.
Con la muerte y resurrección de su Hijo, el Padre nos liberó
de la muerte eterna que nos atrae el pecado, nos dio, en cambio,
la vida eterna, es decir su propia vida. En esto consiste la salvación.
La resurrección de Cristo es la garantía de nuestra propia
resurrección pues por la de Cristo, la nuestra es posible tanto
en el presente como en el futuro. De esta forma el anhelo de infinitud
propio de todo ser humano no es una quimera, una esperanza inútil, o
una fantasía. Pero sólo Cristo puede satisfacer esa sed de eternidad,
de libertad, de alegría y felicidad perfectas.
Por eso, la certeza de que Dios nos perdona no nos autoriza
a ser temerarios e irresponsables. Es decir que, confiados en que
Dios siempre perdona, creamos que podemos cometer toda clase
pecados, que al fin Él, que es sumamente misericordioso, nos perdonará.
Como todo don, mis hermanos, exige una respuesta. Una
respuesta que jamás podrá darse en la medida del don pues éste es divino,
por tanto, infinito, mientras nuestra respuesta es inestable y muchas
veces superficial. Sin embargo, hermanos míos, Dios está atento
al menor indicio de respuesta nuestra para darnos su gracia en abundancia,
pues, como lo señala san Pablo: donde abundó el pecado sobreabundó
la gracia (Rm 5,20). Y basta sólo una señal de conversión,
es decir de cambio de manera de ser, de pensar y de actuar.
Jesús, en el evangelio de hoy, tomado del de Lucas, se empeña en hacernos
entender y aceptar su resurrección como un hecho real, aunque
no deja de ser misterioso, es decir, no comprensible del todo. Pero
el evangelista quiere hacernos vivir, de una manera festiva y ordinaria
al mismo tiempo, la experiencia de que está vivo. Es en una comida
donde se hace ver y tocar: es el mismo que ellos conocieron y con el
cual convivieron antes de su pasión y muerte; pero es también el que
murió crucificado: les muestra las manos y los pies como signo de su
pasión y la causa de su muerte. ¡Ahora está vivo! ¡Y está en medio
de ellos comiendo, como lo hacía antes!
Este es, queridos hermanos, el mismo Jesús que vive hoy en la Iglesia y nos
da signos inconfundibles en la Eucaristía, especialmente la dominical
cuando la Iglesia se reúne para celebra en la fe, la esperanza y el
amor, su presencia activa, eficaz y alegre, pero no menos exigente.
Es en la misa donde Jesús nos congrega para instruirnos con su palabra
y alimentarnos con su cuerpo para enviarnos a ser testigos suyos en
el mundo en el que nos ha tocado vivir. Es a partir de la Pascua,
celebrada y actualizada cada domingo, de donde tiene origen la misión
de toda la Iglesia y de todos y cada uno de los que la integramos como
discípulos del Resucitado. Es en la Eucaristía donde vamos conociendo
los mandatos del Señor y los hacemos nuestros en la obediencia y el
amor para ponerlos en práctica (cf. 1Jn 2,4-5).
Que Dios nos conceda, queridos hermanos, la gracia de una conversión
permanente mediante la práctica esforzada y alegre de los valores del
evangelio. Y Santa María de Guadalupe, nuestra Madre y Maestra nos enseñe
a hacer dócilmente su voluntad para gloria de Dios y provecho nuestro.
Amén.