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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del Viernes Santo.

Viernes 14 de abril de 2006.

En nuestra celebración de la muerte de Jesús, acabamos de escuchar la conmovedora narración de la pasión según San Juan.

Hermanas y hermanos, quisiera con estas palabras favorecer o al menos no estorbar la entrada en sus corazones de los ríos de amor y de fe hacia Jesús que salen de esta lectura, esta proclamación solemne de la pasión.

Habrán visto, como la pasión es presentada como el gran signo, el gran milagro, el milagro del amor, que es el único puede transformar la realidad más vil en gloriosa.

Esta alquimia, esta transformación de milagrosa de lo más cruel y horroroso, en algo maravilloso, bello y sublime, acompaña toda la narración.

Los malos tratos que Jesús va recibiendo durante la pasión son preparativos de la entronización, con el título de rey, va subiendo a la cruz, y la cruz en lugar de patíbulo de ejecución de la pena muerte, pasa a ser un trono desde que ejerce su reinado.

Continúa preocupándose por los suyos, confía su madre al discípulo y con la convicción de haberse realizado como persona, de haber cumplido, entrega su vida “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” finalmente de su costado traspasado por la lanza sale sangre y agua signos de vida y fecundidad.

La sobreabundancia del mal, es cambiada por el amor del Padre, por Jesús y con el Espíritu en sobreabundancia de bien.

Ahora nosotros estamos al pie de la cruz, al pie de la cruz de Jesús, somos conducidos a reconocer el amor de Dios, por cada persona en concreto por tí y por mí, somos conducidos a creer, en la humanidad amada por Dios, hasta este punto, nos amó hasta el extremo.

En la cruz están clavados nuestros pecados, ahí están nuestros orgullos, ahí están nuestras violencias, ahí están nuestras codicias y mezquindades, ahí están nuestros odios y egoísmos.

Pero en la cruz están las fuentes de nuestra salvación, el orgullo es vencido por la humildad, la codicia es vencida por el desprendimiento, el  odio es vencido por el amor, miremos amados hermanos las llagas del crucificado son nuestros trofeos, en ellas fuimos salvados, de ellas magna la gracia.

Miremos y admiremos, escuchemos y aprendamos, oremos y adoremos, agradezcamos y amemos, dejemos convencer, dejemos sacudir fuertemente por este amor de Dios hasta el extremo, dejemos amar, cambiemos nuestros corazones, muere Cristo al pecado y empieza a vivir en el amor.

Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas, nosotros estamos al pie de la cruz, al pie de la cruz somos empujados a abrir la riqueza interior que todos llevamos dentro.

La riqueza interior de nuestro amor, de la nuestra sabiduría, de nuestros deseos de felicidad y de belleza, de nuestros anhelos de realización personal, de nuestras ganas de ser felices.

Ahora estamos nosotros al pie de la cruz, y al pie de la cruz, desde esa riqueza interior bien abierta, nuestros corazones serán traspasados por el amor de Jesús, víctima inocente de la violencia pecadora.

Y al pie de la cruz, si somos valientes para someternos a esa ruptura y fisura de nuestro corazón, dejaremos espacio para que entre, muy dentro de nosotros la salvación de Jesús, para que entre muy dentro de nosotros su amor y la comunión con su vida y con su evangelio.

Así saldremos, de nuestras corazas y ensimismamientos de nuestra poca fe y de nuestra complicidad con los poderes del mal y del pecado en el mundo.

Aquí estamos, ahora, nosotros al pie de la cruz, al pie de la cruz debemos aprender que la felicidad, la gloria, la belleza, de nuestra vida y de nuestra muerte, nuestro éxito y nuestra victoria se encuentran en el signo de la cruz.


Los invitó, mis queridos hermanos y hermanas, a que interiormente con alegría abrasemos nuestras cruces, la cruz no es sólo de Cristo es también nuestra, su sabiduría nos revela que para ser felices debemos renunciar a toda falsa ilusión sobre nuestra propia persona, debemos asumir nuestra condición humana y renunciar a los egoísmos y exaltaciones.

N
o hacernos dioses y creer que somos el centro del mundo y de los demás y darnos generosamente a los demás.

Así no nos repugnará llevar nuestra cruz, como Jesús llevó la suya, no nos repugnará asumir con Cristo nuestra cruz, al contrario la cruz, la cruz es para nosotros una bendición, el signo de que el amor hace milagros, representa toda nuestra fe, es el símbolo de la verdadera sabiduría, es el símbolo de la verdadera felicidad.

Mis amados hermanos y hermanas, siempre que hacemos la señal de la cruz son bendecidas nuestras personas y nuestros días.

Esta debe ser nuestra adoración de la cruz, que hoy haremos como acto solemne de la liturgia de la este Viernes Santo, este es el espíritu con que debemos acercarnos enseguida después de esta oración universal solemne a adorar la Santa Cruz.

 
 
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