En nuestra celebración de la muerte de Jesús,
acabamos de escuchar la conmovedora narración de la pasión según
San Juan.
Hermanas y hermanos, quisiera con estas palabras favorecer o
al menos no estorbar la entrada en sus corazones de los ríos
de amor y de fe hacia Jesús que salen de esta lectura, esta
proclamación solemne de la pasión.
Habrán visto, como la pasión es presentada como el gran signo,
el gran milagro, el milagro del amor, que es el único puede
transformar la realidad más vil en gloriosa.
Esta alquimia, esta transformación de milagrosa de lo más cruel
y horroroso, en algo maravilloso, bello y sublime, acompaña
toda la narración.
Los malos tratos que Jesús va recibiendo durante la pasión
son preparativos de la entronización, con el título de rey,
va subiendo a la cruz, y la cruz en lugar de patíbulo de ejecución
de la pena muerte, pasa a ser un trono desde que ejerce su reinado.
Continúa preocupándose por los suyos, confía su madre al discípulo
y con la convicción de haberse realizado como persona, de haber
cumplido, entrega su vida “Padre en tus manos encomiendo
mi espíritu” finalmente de su costado traspasado por la
lanza sale sangre y agua signos de vida y fecundidad.
La sobreabundancia del mal, es cambiada por el amor del Padre,
por Jesús y con el Espíritu en sobreabundancia de bien.
Ahora nosotros estamos al pie de la cruz, al pie de la cruz
de Jesús, somos conducidos a reconocer el amor de Dios, por
cada persona en concreto por tí y por mí, somos conducidos a
creer, en la humanidad amada por Dios, hasta este punto, nos
amó hasta el extremo.
En la cruz están clavados nuestros pecados, ahí están nuestros
orgullos, ahí están nuestras violencias, ahí están nuestras
codicias y mezquindades, ahí están nuestros odios y egoísmos.
Pero en la cruz están las fuentes de nuestra salvación, el orgullo
es vencido por la humildad, la codicia es vencida por el desprendimiento,
el odio es vencido por el amor, miremos amados hermanos las
llagas del crucificado son nuestros trofeos, en ellas fuimos
salvados, de ellas magna la gracia.
Miremos y admiremos, escuchemos y aprendamos, oremos y adoremos,
agradezcamos y amemos, dejemos convencer, dejemos sacudir fuertemente
por este amor de Dios hasta el extremo, dejemos amar, cambiemos
nuestros corazones, muere Cristo al pecado y empieza a vivir
en el amor.
Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas, nosotros estamos
al pie de la cruz, al pie de la cruz somos empujados a abrir
la riqueza interior que todos llevamos dentro.
La riqueza interior de nuestro amor, de la nuestra sabiduría,
de nuestros deseos de felicidad y de belleza, de nuestros anhelos
de realización personal, de nuestras ganas de ser felices.
Ahora estamos nosotros al pie de la cruz, y al pie de la cruz,
desde esa riqueza interior bien abierta, nuestros corazones
serán traspasados por el amor de Jesús, víctima inocente de
la violencia pecadora.
Y al pie de la cruz, si somos valientes para someternos a esa
ruptura y fisura de nuestro corazón, dejaremos espacio para
que entre, muy dentro de nosotros la salvación de Jesús, para
que entre muy dentro de nosotros su amor y la comunión con su
vida y con su evangelio.
Así saldremos, de nuestras corazas y ensimismamientos de nuestra
poca fe y de nuestra complicidad con los poderes del mal y del
pecado en el mundo.
Aquí estamos, ahora, nosotros al pie de la cruz, al pie de la
cruz debemos aprender que la felicidad, la gloria, la belleza,
de nuestra vida y de nuestra muerte, nuestro éxito y nuestra
victoria se encuentran en el signo de la cruz.
Los invitó, mis queridos hermanos y hermanas, a que interiormente
con alegría abrasemos nuestras cruces, la cruz no es sólo de
Cristo es también nuestra, su sabiduría nos revela que para
ser felices debemos renunciar a toda falsa ilusión sobre nuestra
propia persona, debemos asumir nuestra condición humana y renunciar
a los egoísmos y exaltaciones.
No hacernos dioses y creer que somos el centro del mundo y de
los demás y darnos generosamente a los demás.
Así no nos repugnará llevar nuestra cruz, como Jesús llevó la
suya, no nos repugnará asumir con Cristo nuestra cruz, al contrario
la cruz, la cruz es para nosotros una bendición, el signo de
que el amor hace milagros, representa toda nuestra fe, es el
símbolo de la verdadera sabiduría, es el símbolo de la verdadera
felicidad.
Mis amados hermanos y hermanas, siempre que hacemos la señal
de la cruz son bendecidas nuestras personas y nuestros días.
Esta debe ser nuestra adoración de la cruz, que hoy haremos
como acto solemne de la liturgia de la este Viernes Santo, este
es el espíritu con que debemos acercarnos enseguida después
de esta oración universal solemne a adorar la Santa Cruz.