Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, rector
de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de
Guadalupe en la celebración de la Solemnidad
de Pentecostés.
Domingo 8 de junio del 2003
UN DIOS MUY PRESENTE EN EL MUNDO A TRAVÉS
DE LA IGLESIA
Pidamos
al Padre de la vida y de la paz, hermanos, y hoy de una manera especial,
que nos envíe su Espíritu para que podamos comprender
su Palabra y podamos, con su fuerza, cumplirla haciendo su voluntad
en la alegría y en la libertad dando, así, gloria
a su nombre. Amén.
Mis queridos hermanos,
la fiesta de Pentecostés es la culminación de la Pascua.
Con la presencia del Espíritu Santo tenemos ya todos los
signos de la obra de Dios realizada por Jesucristo. Es la Pascua
de la nueva alianza, que libera a la humanidad de la esclavitud,
el pecado del mundo y realiza, con el don del Espíritu, la
plenitud de la creación del hombre, como un ser nuevo y acabado,
listo para comenzar a vivir la vida eterna. Podemos decir y estar
seguros de que, con la acción del Espíritu, la obra
de Cristo comienza a ser hoy una realidad que culmina en la eternidad.
Las lecturas de
hoy, mis hermanos, nos inundan de signos que tienen la finalidad
de mostrar diversos aspectos del misterio de la salvación
que Cristo nos da por la obra que culmina en la donación
de su Espíritu.
Por cinco veces
en el evangelio de san Juan, Jesús lo había prometido
a los apóstoles en la noche de la última cena (Jn
14-16) y lo primero que hace, una vez resucitado, es cumplir esa
promesa. San Lucas, por su parte, nos había dicho que Jesús,
el día de su ascensión, les había mandado que
no se retiraran de Jerusalén hasta recibieran la fuerza del
Espíritu Santo. En los Hechos, escuchamos el domingo pasado,
cómo les decía a los discípulos que al recibir
esa fuerza, podrían ser testigos suyos. Es decir, les daba
una misión. En el evangelio de hoy escuchamos que Jesús
los envía, es decir, los hace misioneros suyos como continuadores
de su obra.
Los evangelistas,
al narrarnos los primeros instantes y días que siguieron
a la resurrección del Señor, nos transmiten sus experiencias,
tal vez no con el método que nos gustaría para “ver”
las cosas tal como sucedieron, antes al contrario, a veces nos da
la impresión que sucedieron demasiadas cosas en un mismo
día y, otras, esos acontecimientos se nos pierden en el tiempo.
La verdad es que no pretenden narrarnos cronológicamente
los acontecimientos. Nos quieren dar, más que nada, testimonio
de una profunda experiencia, a través de signos, con los
cuales pudiéramos vivir lo mismo que ellos vivieron.
Hemos de ver, entonces,
que la simbología que se emplea tanto en la narración
del libro de los Hechos (primera lectura) como en la del evangelio
es muy rica y cargada de significado a partir de la Sagrada Escritura,
puesto que esa simbología está tomada de los acontecimientos
de la historia del pueblo elegido y de su tradición. Todos
los símbolos con que se nos habla están relacionados
en la tradición bíblica con las manifestaciones de
Dios. Pero nosotros, mis queridos hermanos, podemos entenderlos
también si entendemos primero su significado natural y directo.
Díganme hermanos:
¿Quién no va a relacionar inmediatamente el viento
o el aire con la vida? O ¿acaso no relacionamos espontáneamente
el fuego con el calor, la luz, la purificación y el amor?
¡No es cierto que relacionamos la voz, la lengua o idioma
con la comunicación entre personas?
Pues bien, en los
textos sagrados de este día, por los que Dios nos habla hoy,
tenemos que, en la primera lectura, un viento con ruido que invade
el lugar donde se encuentran los discípulos; mientras que
en el evangelio, Jesús sopla sobre ellos diciéndoles
reciban al Espíritu Santo; también se nos narra que
aparecieron sobre sus cabezas lenguas como de fuego y que se pusieron
a hablar en otras lenguas.
Podemos así,
queridos hermanos, entender que el Espíritu se hizo presente
haciéndose sentir, pues se veía y se oía, mediante
aquellos elementos naturales. El primer efecto de esta presencia
del Espíritu es precisamente, que los apóstoles, con
decisión y valentía, den testimonio, en primer lugar
de que Jesús, que fue crucificado y murió, está
vivo. Y desde entonces, mis hermanos, el espíritu que Jesús
envió de parte del Padre, en Pentecostés, permanece
en la Iglesia como su alma que la impulsa a cumplir su mandato de
ser testigo de su amor.
Es importante mis
hermanos que todos entendamos hoy que todos somos esa Iglesia que
Dios envía al mundo para romper los signos de muerte como
son el odio y la mentira, así como la soberbia tan presentes
en el mundo que Dios quiere salvar porque lo ama. Nosotros hemos
sido escogidos para que, viviendo en la fraternidad, seamos testigos
suyos por el amor con que nos tratamos y buscamos servir a los que
está alejados del influjo de Cristo. El mundo, en donde también
actúa el Espíritu, podrá ver y oír estos
signos de vida, paz, amor, libertad y gozo que damos los que formamos
la Iglesia.
Este es el sentido
más concreto del sacramento de la Confirmación. Los
ya confirmados y los que hoy son confirmados son marcados con la
señal del Espíritu como misioneros, es decir, como
enviados, a ser miembros muy vivos y activos de la misión
de la Iglesia que, no es otra que la de anunciar a Cristo al mundo
para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad
y se salven (cf.1Tm 2,4). Este es un servicio a la humanidad entera
que se desarrolla desde las parroquias con las acciones apostólicas
que en ellas desarrollan todos sus miembros.
La Eucaristía,
signo excelente de nuestra pertenencia a Cristo, por la acción
del Espíritu, nos congrega ante el Padre para ser signos
vivos de la unidad, de la paz y del amor que el Espíritu
suscita en medio de la Iglesia a favor del mundo que Dios quiere
salvar. Tomemos conciencia, cada vez más, mis queridos hermanos,
de la importancia y de la necesidad de estos sacramentos que actualizan
y aumentan permanentemente la vida que se nos dio como inicio en
el bautismo.
Que María,
nuestra Señora de Guadalupe, la llena de gracia, sea para
nosotros la principal intercesora para poseer el Espíritu
que nos impulse constantemente a cumplir la misión que recibimos
en el Bautismo y en la Confirmación y a la que somos enviados
cada vez que celebramos la Eucaristía.
Amén.