Homilía
pronunciada el Domingo IV de Pascua por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario.
11 de mayo del 2003
JESÚS, EL ÚNICO SALVADOR
UNIVERSAL
Mis
queridos hermanos: Que resuene por toda la tierra, y con palabras
nuevas y respetuosas hacia los que no comparten nuestra fe, el anuncio
glorioso de Pascua: ¡Cristo es el único Salvador universal!
¡Él es el único y perfecto Pastor de la humanidad!
Como
decíamos ya el domingo antepasado, mis queridos hermanos,
a partir de este domingo meditamos con toda la Iglesia, de todos
los tiempos y latitudes, en las consecuencias de la resurrección
del Señor Jesús. En efecto, la Iglesia ni siquiera
existiría si no hubiera vivido la experiencia de Cristo resucitado.
Fue a la luz de este misterio como la comunidad naciente pudo ver
con otros ojos y escuchar de manera nueva lo que antes habían
visto y oído los discípulos.
Si
san Juan nos dice hoy con tanta vehemencia y notable insistencia
que Jesús da la vida por las ovejas, es porque el misterio
pascual iluminó de una manera nueva y radicalmente profunda
toda la vida y las enseñanzas de Jesús. Y así
es. La vida toda de Jesús no se entiende en todo su misterio
sin la Resurrección.
Hermanos,
la transmisión del mensaje de salvación no se puede
dar sin confrontarlo con la propia vida. Y sucede hoy todavía
como se dio en el principio de la predicación apostólica.
En la primera lectura escuchamos, precisamente, a san Pedro cómo
explica que la curación de un enfermo se debe a la acción
misteriosa de Jesús de Nazaret, a quien Dios resucitó
de entre los muertos. Lo mismo sucedió en la(s) comunidad(es)
del apóstol Juan. Los estudiosos de la Biblia están
de acuerdo en que junto a las comunidades cristianas nacientes surgieron,
casi simultáneamente, otros grupos que interpretaron de manera
muy diferente la vida y la actividad de Jesús. Estos grupos,
bien identificados en la historia, pretendían presentar a
Jesús como un redentor que todo lo que hacía era reunir
a los que tenían las chispas de luz de un ser preexistente
para que éstos pudieran simplemente despertarlas y desarrollarlas.
Frente
a estas doctrinas del gnosticismo —como se llama a esta corriente
de pensamiento filosófico-religioso contemporánea
al nacimiento del cristianismo— san Juan, afirma en base a
las enseñanzas de Jesús, que Él es quien da
la verdadera vida, algo que no posee el hombre de ninguna manera.
En su primera carta nos dice el apóstol que ahora somos hijos
de Dios. Y lo somos por obra de Jesús, concretamente mediante
el misterio pascual de su muerte y de su resurrección.
Detengámonos
a escuchar con atención cómo nos lo dice Jesús
en el evangelio de hoy: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da
la vida por sus ovejas. Jesús hace alusión a una larga
tradición bíblica sobre el tema del pastor. En el
Antiguo Testamento Dios mismo se identifica como el pastor de Israel.
El profeta Ezequiel había denunciado a los malos pastores
que sólo miraban por sus propios intereses al grado de pastorearse
a sí mismos olvidándose y aprovechándose de
las ovejas, es decir, de aquellos a quienes debían servir.
Al
contrario de éstos, de los cuales había muchos en
tiempos de Jesús, Él se presenta como el pastor que
pone en riesgo su vida, se la juega por el bien de las ovejas. La
muerte no lo atemoriza pues tiene poder par darla y poder para recobrarla.
¡El es el Señor de la vida! Por eso la muerte no lo
vence. Jesús enseñó que Él había
venido par dar la vida en plenitud, es decir, para dar la vida eterna
que, en otras palabras, es la vida de Dios mismo; y lo mostró
con su muerte y resurrección. El llegar a ser hijos de Dios,
como nos indica san Juan en su primera carta, era algo que ni siquiera
el hombre hubiera sospechado, mucho menos pretendido ni podido alcanzar.
Pero Jesús nos la da gratuitamente y en abundancia, por el
amor que nos tiene. No tiene otros intereses que nos sea nuestro
bien sumo: la vida de Dios en lo cual consiste la salvación.
Jesús
se relaciona con nosotros, sus ovejas, de una manera muy personal
y personalizante: a través del conocimiento; pero no se trata
del conocimiento intelectual, lejano y meramente externo, sino el
conocimiento amoroso, íntimo y confiado. El conocimiento
que lleva a la amistad. El conocimiento que lleva al encuentro y
al compromiso por la causa común. Jesús nos dice,
en otro lugar del mismo evangelio (Jn 14,9-10), que quien lo conoce
a Él necesariamente conoce también a su Padre. Se
nos dice, entonces, queridos hermanos, que las relaciones que Jesús
ha venido a establecer entre nosotros y su Padre, son relaciones
de amor pasando por Él de ida y vuelta. Él es el pastor,
el único, que puede ponernos en una relación con Dios
insospechada e imposible de alcanzar de otra manera.
Jesús
es el buen pastor porque las relaciones entre Él y su Padre
son como las que quiere establecer entre Él y nosotros. Son
relaciones de amor, no de dependencia laboral o meramente funcionales
y, mucho menos, de intereses unilaterales y egoístas como
los de los falsos pastores.
También
es el buen pastor porque su interés es universal. Su servicio
de pastor se extienda a todos aquellos que se quieran dejar pastorear
por Él. No selecciona ni discrimina como lo hacen los falsos
pastores.
Al
hablar de pastores, mis hermanos, no podemos pensar sólo
en los ministros ordenados. Es cierto que somos los primeros que
debemos darnos por aludidos, pero recordemos que toda la Iglesia
tiene la función de ver por los intereses de Dios en lo que
toca a la salvación de todos los hombres. Y, desde esta perspectiva,
debemos revisar cómo desempeñamos nuestra vocación
de servicio en los ambientes en los que nos toca cuidar de los intereses
de Dios y de la salud espiritual de la gente que se nos ha encomendado
en la familia, en la educación o en el servicio público.
Ojalá, como dice san Pablo, que todos tuviéramos los
mismos sentimientos de Cristo en nuestras relaciones con los que
han sido encomendados a nuestra cuidado (cf. Fil 2,5).
Por
otro lado, mis hermanos, no podemos, en este día, pasar por
alto la necesidad de promover las vocaciones al ministerio sacerdotal,
para lo cual debemos, sí, orar incesantemente pero, asumiendo
nuestras responsabilidades, hemos de caer en la cuenta que la mejor
promoción se hace por el testimonio que demos tanto los ministros
ordenados mediante un servicio pastoral alegre, desinteresado y
fraternal, como por el testimonio de fidelidad, de amor y de servicio
en las familias.
Que
nuestra Señora, la Virgen Madre de Guadalupe que, por su
fidelidad al Padre, mereció ser la portadora de la salvación
mediante la encarnación del Hijo de Dios, interceda ante
el Señor para que haya cada día más y mejores
pastores al servicio de su pueblo.