IGLESIA, LUGAR DE COMUNIÓN DE BIENES
"Denles ustedes de comer"
Mis queridos hermanos, sabemos que la
misericordia es la nota más característica del Dios en quien creemos; el Dios
que nos ha dado a conocer nuestro Señor y hermano mayor, Jesucristo. Al mismo
Jesús no podemos decir que conocemos verdaderamente si no hemos experimentado
en la vida que lo que encierra su misterio es ante todo el amor entrañable del
Padre del cual su muerte por nosotros es el signo más admirable. Alabémoslo,
por tanto, y démosle gracias.
No debemos olvidar, por otro lado, que
la Iglesia, entre tantas características propias está la de ser signo de la
misericordia de Dios manifiesta en Jesucristo del cual es cuerpo y
manifestación histórica. Por tanto, es muy conveniente recordar con frecuencia
que la Iglesia toda tiene como misión principal significar, promover y realizar
la misericordia de toda la humanidad mediante un servicio a todos los hombres
sin distinción de razas o condiciones sociales. De esta manera la Iglesia hace palpable y creíble la gratuidad de la salvación.
En la primera lectura hemos escuchado al
profeta Isaías invitándonos a acudir a recibir de Dios todos los bienes de la
salvación simbolizados en la abundancia de los bienes materiales. La salvación
se asemeja a un banquete en el que el agua, el vino, la leche, tantas cosas y
alimentos buenos y suculentos son totalmente gratuitos. Parece decirnos el
profeta que todas las cosas más importantes para la vida son gratuitas porque
Dios nos las da incluso sin pedirlas.
En la segunda lectura, y en
continuidad con este tema, san Pablo dice en su carta a los Romanos que si la
salvación es tan cierta para nosotros los creyentes como que es el resultado
del amor de Dios, nada ni nadie puede separarnos del amor de Cristo que murió
por nuestros pecados. Así es la generosidad del Reino ya presente en Cristo,
pues aceptamos en la fe que el gran don de Dios a la humanidad es precisamente
su Hijo que se nos da sin medida junto con su Espíritu.
El evangelio de san Mateo, que hoy
hemos escuchado, nos lleva a la plenitud de este misterio al presentarnos a
Jesús como alguien que se ocupa de los hombres; que está siempre cercano al
hombre y se compadece de él en todas las circunstancias de la vida como son el
hambre y la fatiga. En este pasaje, mis hermanos, podemos contemplar la imagen
de un Dios compasivo y misericordioso. Como un nuevo pueblo, las multitudes se
agolpan entorno a Jesús sedientas de su palabra y su enseñanza. Pero Jesús no
deja de ser sensible a las necesidades materiales de ese pueblo que lo busca y
lo sigue. Parecería que Jesús es conciente de que no es posible separar las
necesidades de espíritu de las corporales.
La Tradición cristiana ha
relacionado siempre este milagro con la Eucaristía como su anuncio. Las palabras, la ambientación de la narración y los gestos de Jesús, en este pasaje, dan lugar a
una interpretación eucarística. El episodio pareció tan importante para la Iglesia de los orígenes que no pasó desapercibido y que, al contrario, quedó en la memoria y
en la predicación de los apóstoles al punto de que está presente en los cuatro
evangelios y hasta aparece duplicado en el de Mateo y en el de Marcos.
En el evangelio de san Mateo se
resaltan principalmente los gestos de Jesús y sus palabras. De esa manera se
subraya su autoridad, pero también sus actitudes de gratitud a Dios por el pan
cotidiano y de compasión por los hombres. En este pasaje, hermanos, podemos
contemplar, iluminados por la primera lectura, en Jesús la imagen de un Dios
que lo da todo sin medida y gratuitamente; de un Dios que jamás se desentiende
de los hombres.
A nosotros como Iglesia, pero también
individualmente, según el mandato de Cristo en el pasaje que estamos meditando,
se nos invita hoy a cumplir la tarea de acoger, de ayudar a los que se acercan
a nosotros con necesidades de diversa índole. ¡Denles ustedes de comer! Nos
dice. El cristiano y la Iglesia no pueden desentenderse de las necesidades de
los que menos tienen. La causa de división y de luchas entre los hombres es,
ente otras, pero ésta muy seria y dramática, la diferencia abismal que hay
entre pobres y ricos. En el episodios evangélico de hoy, Jesús nos muestra,
aunque sea por unos momentos, que es posible hacer a un lado el egoísmo y salir
al encuentro del otro para compartir y así construir en la fraternidad una humanidad
diferente; acorde al proyecto inicial: que todos seamos iguales, con iguales
derechos y obligaciones, con iguales oportunidades. Esto, mis hermanos, es el
sueño tan antiguo como constante de la humanidad. Un sueño, un anhelo tan
sentido como necesario, pero que no nos atrevemos a realizar.
La
Eucaristía,
queridos hermanos, expresa este ideal evangélico: ser cada vez más solidarios
unos con otros, especialmente con los que más carecen de oportunidades. La Sagrada Eucaristía nos lanza a construir una nueva humanidad, la que Dios está esperando que,
con su ayuda, iniciemos en el servicio y en la misericordia. La misa no nos
debería seguir siendo indiferentes ante las miserias y carencias de tantos
hermanos que en nuestras ciudades vemos. Jesús los vio y se compadeció de ellos.
Nosotros, al salir de misa, ojalá no sigamos cerrando los ojos y el corazón,
sino que más bien nos ocupemos de ellos. El Señor, como vemos en el pasaje
evangélico de hoy, no se queda atrás y pone la mayor parte a fin de que podamos
salir con nosotros al encuentro de quienes tienen derecho a esperar de nosotros
nuestra solidaridad de hermanos. Dejémonos llevar por el amor, lo demás viene
casi por sí solo.
Que nuestra Muchachita y Madrecita, la Celestial Señora, que se puso al servicio de la evangelización de estas tierras, nos mostró
el amor tierno y profundo de Dios, nuestro Padre, nos acompañe siempre en este
propósito. Amén.