Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México, en la
Misa
Exequial por la Señora Soledad Carrera de Rivera,
madre del Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera
28 -
septiembre - 1916 † 4– octubre – 2008
4 de Octubre de 2008
Muy queridos hermanos y hermanas, nunca he creído en las coincidencias,
siempre he creído en la Providencia de Dios. Mi mamá, ciertamente,
no nació el 4 de octubre, pero siempre quiso celebrar el 4 de octubre,
como el día de su nacimiento. Todavía hoy le cantamos las mañanitas,
porque ella siempre, será porque había sido bautizada el 4 de octubre
celebraba este día, como el día de su nacimiento.
El relacionar nuestra vida con el bautismo nos ilumina la esperanza
que el Señor nos ha regalado, porque ciertamente el día que fuimos
bautizados. Fuimos bautizados en la muerte del Señor, fuimos sepultados
con Cristo. Ahí empieza nuestra muerte; ahí nos adherimos a Cristo
muerto y crucificado. En la vida esa muerte la vivimos de distintas
maneras, todos creyentes o no creyentes llevamos una cruz. Estamos
marcados por el dolor, pero ese dolor se ve de manera muy distinta
cuando se vive en la fe. En la fe de unirse a Aquel que ha padecido
por nosotros.
Mi madre, ciertamente, en muchas ocasiones tuvo que sufrir
esa cruz, esa muerte. Convencida de que el grano que no cae en la
tierra y de que no muere no da fruto. Convencida que solamente entregándose
a los demás podría dar fruto verdadero. Pero en el bautismo no solamente
celebramos nuestra muerte, en el bautismo, también, celebramos una
vida nueva, una vida totalmente distinta, una vida que es la vida
de Dios.
Todos en la casa estamos convencidos de que mi mamá siempre
vivió con esa esperanza de la vida verdadera, de la vida que no se
acaba, de una felicidad completa. Todos estamos convencidos de que
mi mamá, sí, en medio de las penas y los dolores recibió muchas señales
de la bondad y de la misericordia del Señor, del gran amor que el
Señor le tiene. Por eso esta celebración, sí, celebramos la muerte,
pero también estamos en torno al altar para agradecerle al Señor todos
los beneficios, todas las gracias, todos los dones tan especiales
que recibió en su vida y que de alguna manera son una señal de que
ya goza en el cielo, de que goza de una felicidad completa como nunca
la tuvo aquí en la tierra.
Esta noche celebramos el cumple años de mi madre, cumple años
de su bautismo, cumple años que es de muerte y resurrección. Esta
noche precisamente estamos en esta casita sagrada, porque siempre
en la familia, y ella especialmente porque así lo heredó de su mamá,
se sintió protegida de María, acompañada por la Santísima Virgen.
Siempre con una gran devoción y con un grande cariño hacia nuestra
Madre del Cielo.
Aquí estamos en su casita. Aquí es donde encontramos consuelo.
Aquí es donde encontramos el verdadero sentido de la vida, porque
a eso vino Santa María de Guadalupe a anunciarnos al verdadero Dios
por quien se vive. A anunciarnos una vida verdadera. Aquí estamos
muy a gusto en los regazos de Santa María de Guadalupe, porque sabemos
que siempre la acompañó en su vida, siempre la protegió, siempre tuvo
una predilección especial por ella y su amor siempre fue correspondido.
Esta tarde además de agradecerle a Dios, yo quisiera agradecerles,
a cada una de las personas que en algún momento le dieron una muestra
de amor, de cariño. Quisiera agradecerles sinceramente ese amor, ese
cariño. Quisiera agradecerles, sí, a sus amistades, pero también a
tantas personas que sin conocernos nos han llenado de cariño, y ella
sentía ese amor, ese cariño de tantas personas.
Quiero agradecer especialmente este acompañamiento de mis hermanas
de Vida Consagrada, a mis hermanas religiosas. Quiero agradecerles
a mis hermanos sacerdotes, que nos acompañan, sí, en dolor, en el
sufrimiento, pero también nos acompañan en esa esperanza de gloria.
Esperanza segura, esperaza cierta de felicidad.
Quiero agradecerles a los del Venerable Cabildo, a mis hermanos
obispos que han querido sacrificar esta noche y estar celebrando aquí
esa muerte y esa resurrección. Quiero agradecerle especialmente al
Señor Nuncio este amor tan exquisito de acompañarnos para celebrar
esta muerte y esta resurrección del Señor.
Que el Señor a todos ustedes le pague su caridad. Que el Señor
sea generoso con todos y cada uno de ustedes que han querido mostrar
este amor tan exquisito.