“Te damos gracias Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia
es eterna.”
Así hemos recitado en el Salmo Responsorial: damos gracias
a Dios porque es bueno, porque nos manifiesta cada día su misericordia.
Quiero darles a todos ustedes la más cordial bienvenida a este
Santuario Mariano, corazón de México, punto de referencia de toda
América Latina y manifestarles la íntima alegría que me embarga
al saber que han elegido el día de hoy para orar bajo el manto
de nuestra Madre Santísima de Guadalupe. A ponerse bajo su amparo
y a renovarle el amor filial que cada uno de ustedes siente por
Ella.
Renuevo la bienvenida al Eminentísimo Sr. Cardenal Zenon Grocholewski prefecto de la Congregación para la Educación
Católica a quien dirijo un fraterno saludo en este momento de
profunda comunión en Cristo Jesús. Hago extensivo este saludo
a mis hermanos en el episcopado, a mis hermanos presbíteros que
concelebran esta Santa Eucaristía. Y no con menor calidez quiero
dirigirme a los señores, a las señoras, rectores, rectoras, a
sus representantes de las universidades católicas de América Latina
y el Caribe los cuales están reunidos por universidades del CELAM,
en el décimo cuarto encuentro de rectores. A mis queridos fieles
los invito a meditar un poco sobre la Palabra que acabamos de
escuchar.
En esta feliz ocasión la liturgia nos ofrece
algunas frases riquísimas, muy significativas, sobre las cuales
conviene meditar. Hemos escuchado un fragmento del capítulo 7
del Evangelio de san Lucas. En el Jesús es objeto de un gran acto
de amor por parte de la mujer de mala vida, quien seguramente
ha escuchado de la presencia del Señor en casa del fariseo. Ha
bañado sus pies con sus lágrimas; los ha cubierto de besos; los
ha secado con sus cabellos; los ha perfumado seguramente con grande
sacrificio personal. Esta mujer nos muestra hasta donde llega
la humanidad doliente en el momento del encuentro con el Salvador.
Ese Salvador por el cual aspira nuestro corazón. El Salvador que
las culturas anuncian, imaginan, esbozan y que esperan con ansia.
El Salvador al que la ciencia apunta cuando se enfrenta a la verdad
radical sobre el hombre y que se resuelve en un ansia de infinito
y felicidad. El Salvador que los profetas anunciaron y que se
hizo uno de nosotros en el vientre purísimo de María, la que el
Evangelio llama: mujer de mala vida ha tenido la mirada
afinada y el corazón abierto a la presencia de Aquel que satisface
todas nuestras expectativas y que revela la verdad más profunda
de nuestro ser: la vocación del hombre a la comunión con Dios
y con sus hermanos los hombres.
Desde este contexto evangélico quiero referirme
a la magnifica y a la vez seria labor que realizan las universidades
católicas, se trata de instituciones de Educación Superior, que
animadas por los valores evangélicos quieren propiciar la conversión
personal de los miembros de su comunidad; a la vez que fomentar
una mejor comprensión de la cultura y un recto uso de los bienes
del mundo, desde una perspectiva integralmente evangélica.
Cuando aquella mujer, nos dice san Lucas, se
acercó por detrás al Señor le expresó su amor sincero, y porque
no decirlo, atravesado de dolor y de arrepentimiento. Pienso que
muchos de los alumnos de sus universidades y centros educativos
pueden hacer esta misma experiencia de Cristo. Un Cristo amoroso
al que no se acercan todavía por temor, por desconocimiento o
por una percepción íntima de su propia indignidad. Sin embargo,
en sus instituciones la puerta siempre está abierta, siempre debe
estar abierta.
Cada uno de ustedes como autoridades y en un
sentido muy preciso como pastores de sus alumnos y del resto de
la comunidad universitaria han de anunciar, sí, con prudencia,
pero siempre con decisión y audacia a Cristo vivo, a Cristo resucitado,
al Señor de la misericordia, que se ha hecho hombre, para llevar
a los hombres a la plena comunión con Dios.
Una de las críticas de Nietzsche al cristianismo
era que: no veía cristianos con rostro de resucitados.
Yo veo en cada uno de ustedes un resucitado, de quien a muerto
al pecado en el bautismo y vive la vida de Aquel que nos amó hasta
el extremo y a través de ustedes veo en sus comunidades en las
cuales brillan tantos rostros de resucitados aquellos que se han
encontrado con Jesucristo vivo en el propio trabajo administrativo,
en la academia, en el aula al asistir a clases. Todas las vidas
transformadas por el amor, por el testimonio de integridad humana
y de plenitud personal de quienes han hecho de Cristo su realidad
más íntima, su norma de vida, el alimento de su ser, el sentido
de su vida.
La primera lectura nos ofrece una bellísima frase
de san Pablo, con quien nos unimos especialmente en este año Paulino,
en una líneas casi autobiográficas proclama su fe en Jesucristo,
ánima hacer realidad el Evangelio que ha predicado a los fieles
de Corintio y afirma: “Por la gracia de Dios soy lo que soy
y su gracia no ha sido estéril en mí”. Como resuenan estas
palabras en los corazones de todos los que formamos la Iglesia.
La gracia de Dios nos ha sido dada como un don, como un regalo,
pero, también, como una tarea, es un regalo de valor incalculable
y una inmensa responsabilidad al mismo tiempo.
La universidad católica es también un don y una
tarea. Damos gracias a Dios por la existencia de sus universidades,
al mismo tiempo vemos el esfuerzo que cada uno de ustedes pone
en juego para no hacer estéril la gracia recibida o dicho de otro
modo para dar frutos de vida eterna en el marco preciso de sus
actividades cotidianas, como centros de Educación Superior.
Las universidades católicas están llamadas a
ser luz en la vida de las personas y hacer portadoras de la verdad
en el mundo de hoy. Son la presencia de la Iglesia en el mundo
de la Educación Superior y de la cultura. Por ello es tan importante
que hayan programa este encuentro bajo la amorosa mirada de la
Madre del Salvador en la comunión de la Iglesia y haciendo manifiesto
su compromiso cristiano y su opción fundamental como universidades
católicas.
En un mundo en que se ha relativizado el valor
de la vida, especialmente de los no nacidos. En un mundo en que
se olvida la verdad para sustituirla por la opinión. En un mundo
en el que el poder vacia de tantos jóvenes y de tantos adultos,
estamos llamados a descubrirles la belleza del ser cristianos
y la alegría de manifestarlo. Una de las grandes pobrezas de nuestro
mundo es la ausencia de un sentido definitivo de la existencia.
Es cierto que una gran proporción de la humanidad y concretamente
de nuestro Continente padece pobreza alimentaria y que tantos
otros viven en condiciones inhumanas e indignas.
Ahora bien en la otra parte del mundo existen
pobrezas, no menos preocupantes e indignas del hombre: la esclavitud
de las drogas; el sometimiento a los dictados del afán de poder
o a las exigencias de una vida de acuerdo con la moda, con un
afán de consumo desmedido; la esclavitud de quien vive para aparentar,
para competir para perderse así mismo ganando el mundo. Antes
estas grandes pobrezas la universidad católica ofrece el testimonio,
la palabra y el acompañamiento que orienta y enriquece. Acompañando
sus estudios profesionales lo alumnos y la comunidad universitaria
pueden adquirir una nueva perspectiva de la vida, siempre más
profunda de lo que ahora lo hace y que solamente puede nacer de
la fe y de la fe en Jesucristo.
San Pablo nos menciona a los quinientos hermanos
reunidos la mayoría de los cuales vive aún y otros ya han muerto,
que experimentaron personalmente la realidad de Cristo resucitado.
Esta frase creo que debe aplicarse a todos nosotros somos testigos
y heraldos de Jesucristo resucitado en quien nuestros pueblos
tienen vida. Por ello tras el grande acontecimiento de Aparecida
del año 2007, en este año el CELAM nos ha convocado a todo el
Continente para dar inicio a la gran misión. La misión continental
en este proyecto las universidades católicas tienen un lugar insustituible
la sabiduría cristiana debe penetrar en el mundo universitario,
no sólo de manera tangencial y externa, sino verdaderamente haciéndose
presente en todas las dimensiones de su actividad en lo más profundo
de su cultura, particularmente se trata de que las diversas disciplinas
profesionales sean iluminadas por la radical verdad del Evangelio,
por una apasionada certeza en la dignidad intrínseca del hombre
y por la convicción de que todas las realidades creadas deben
servir a la persona.
Del mismo modo la universidad debe rebasar sus
fronteras para hacerse presente en el mundo. En este sentido sus
instituciones ofrecen ejemplos de profunda solidaridad, de amor
por el prójimo, de servicio desinteresado, que muestra que el
amor no está escondido ni guarda silencio. Son actos que llaman
al mundo a redescubrir en su entraña la semilla del Evangelio
y la presencia del fermento en la masa.
Queridos hermanos y hermanas, es mi esperanza
que este momento de comunión que estamos viviendo sea para cada
uno de ustedes una gracia más que manifiesta la acción constante
de Dios en la historia y su presencia vivificante, que nos llama
a compartir el tesoro que hemos encontrado, que nos ha sido regalado.
El Señor dice en el Evangelio al fariseo: “has
juzgado bien”. Sus universidades están llamadas a juzgar bien
en los temas más delicados que afectan nuestro mundo: el tema
de la vida, el tema del bien común, el tema de la justicia y sobretodo
el tema del amor.
Elevamos nuestras oraciones para que este encuentro
de lectores rinda los frutos que el Señor se digna a concederle
y que vuelvan a sus lugares de origen de todos los rincones de
nuestra América Latina y el Caribe con la bendición de nuestra
Madre María, que desde el Tepeyac ha prometido guardarnos en el
cruce de sus brazos, en la persona de un humilde, y por ello grande
santo, como lo es san Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Que Dios los bendiga.