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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en ocasión del XIV Encuentro de Universidades Católicas de Latinoamérica, en la Basílica de Guadalupe.


18 de Septiembre de 2008


“Te damos gracias Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna.”

Así hemos recitado en el Salmo Responsorial: damos gracias a Dios porque es bueno, porque nos manifiesta cada día su misericordia.

Quiero darles a todos ustedes la más cordial bienvenida a este Santuario Mariano, corazón de México, punto de referencia de toda América Latina y manifestarles la íntima alegría que me embarga al saber que han elegido el día de hoy para orar bajo el manto de nuestra Madre Santísima de Guadalupe. A ponerse bajo su amparo y a renovarle el amor filial que cada uno de ustedes siente por Ella.

Renuevo la bienvenida al Eminentísimo Sr. Cardenal Zenon Grocholewski prefecto de la Congregación para la Educación Católica a quien dirijo un fraterno saludo en este momento de profunda comunión en Cristo Jesús. Hago extensivo este saludo a mis hermanos en el episcopado, a mis hermanos presbíteros que concelebran esta Santa Eucaristía. Y no con menor calidez quiero dirigirme a los señores, a las señoras, rectores, rectoras, a sus representantes de las universidades católicas de América Latina y el Caribe los cuales están reunidos por universidades del CELAM, en el décimo cuarto encuentro de rectores. A mis queridos fieles los invito a meditar un poco sobre la Palabra que acabamos de escuchar.

En esta feliz ocasión la liturgia nos ofrece algunas frases riquísimas, muy significativas, sobre las cuales conviene meditar. Hemos escuchado un fragmento del capítulo 7 del Evangelio de san Lucas. En el Jesús es objeto de un gran acto de amor por parte de la mujer de mala vida, quien seguramente ha escuchado de la presencia del Señor en casa del fariseo. Ha bañado sus pies con sus lágrimas; los ha cubierto de besos; los ha secado con sus cabellos; los ha perfumado seguramente con grande sacrificio personal. Esta mujer nos muestra hasta donde llega la humanidad doliente en el momento del encuentro con el Salvador. Ese Salvador por el cual aspira nuestro corazón. El Salvador que las culturas anuncian, imaginan, esbozan y que esperan con ansia. El Salvador al que la ciencia apunta cuando se enfrenta a la verdad radical sobre el hombre y que se resuelve en un ansia de infinito y felicidad. El Salvador que los profetas anunciaron y que se hizo uno de nosotros en el vientre purísimo de María, la que el Evangelio llama: mujer de mala vida ha tenido la mirada afinada y el corazón abierto a la presencia de Aquel que satisface todas nuestras expectativas y que revela la verdad más profunda de nuestro ser: la vocación del hombre a la comunión con Dios y con sus hermanos los hombres.

Desde este contexto evangélico quiero referirme a la magnifica y a la vez seria labor que realizan las universidades católicas, se trata de instituciones de Educación Superior, que animadas por los valores evangélicos quieren propiciar la conversión personal de los miembros de su comunidad; a la vez que fomentar una mejor comprensión de la cultura y un recto uso de los bienes del mundo, desde una perspectiva integralmente evangélica.

Cuando aquella mujer, nos dice san Lucas, se acercó por detrás al Señor le expresó su amor sincero, y porque no decirlo, atravesado de dolor y de arrepentimiento. Pienso que muchos de los alumnos de sus universidades y centros educativos pueden hacer esta misma experiencia de Cristo. Un Cristo amoroso al que no se acercan todavía por temor, por desconocimiento o por una percepción íntima de su propia indignidad. Sin embargo, en sus instituciones la puerta siempre está abierta, siempre debe estar abierta.

Cada uno de ustedes como autoridades y en un sentido muy preciso como pastores de sus alumnos y del resto de la comunidad universitaria han de anunciar, sí, con prudencia, pero siempre con decisión y audacia a Cristo vivo, a Cristo resucitado, al Señor de la misericordia, que se ha hecho hombre, para llevar a los hombres a la plena comunión con Dios.

Una de las críticas de Nietzsche al cristianismo era que: no veía cristianos con rostro de resucitados. Yo veo en cada uno de ustedes un resucitado, de quien a muerto al pecado en el bautismo y vive la vida de Aquel que nos amó hasta el extremo y a través de ustedes veo en sus comunidades en las cuales brillan tantos rostros de resucitados aquellos que se han encontrado con Jesucristo vivo en el propio trabajo administrativo, en la academia, en el aula al asistir a clases. Todas las vidas transformadas por el amor, por el testimonio de integridad humana y de plenitud personal de quienes han hecho de Cristo su realidad más íntima, su norma de vida, el alimento de su ser, el sentido de su vida.

La primera lectura nos ofrece una bellísima frase de san Pablo, con quien nos unimos especialmente en este año Paulino, en una líneas casi autobiográficas proclama su fe en Jesucristo, ánima hacer realidad el Evangelio que ha predicado a los fieles de Corintio y afirma: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no ha sido estéril en mí”. Como resuenan estas palabras en los corazones de todos los que formamos la Iglesia. La gracia de Dios nos ha sido dada como un don, como un regalo, pero, también, como una tarea, es un regalo de valor incalculable y una inmensa responsabilidad al mismo tiempo.

La universidad católica es también un don y una tarea. Damos gracias a Dios por la existencia de sus universidades, al mismo tiempo vemos el esfuerzo que cada uno de ustedes pone en juego para no hacer estéril la gracia recibida o dicho de otro modo para dar frutos de vida eterna en el marco preciso de sus actividades cotidianas, como centros de Educación Superior.

Las universidades católicas están llamadas a ser luz en la vida de las personas y hacer portadoras de la verdad en el mundo de hoy. Son la presencia de la Iglesia en el mundo de la Educación Superior y de la cultura. Por ello es tan importante que hayan programa este encuentro bajo la amorosa mirada de la Madre del Salvador en la comunión de la Iglesia y haciendo manifiesto su compromiso cristiano y su opción fundamental como universidades católicas.

En un mundo en que se ha relativizado el valor de la vida, especialmente de los no nacidos. En un mundo en que se olvida la verdad para sustituirla por la opinión. En un mundo en el que el poder vacia de tantos jóvenes y de tantos adultos, estamos llamados a descubrirles la belleza del ser cristianos y la alegría de manifestarlo. Una de las grandes pobrezas de nuestro mundo es la ausencia de un sentido definitivo de la existencia. Es cierto que una  gran proporción de la humanidad y concretamente de nuestro Continente padece pobreza alimentaria y que tantos otros viven en condiciones inhumanas e indignas.

Ahora bien en la otra parte del mundo existen pobrezas, no menos preocupantes e indignas del hombre: la esclavitud de las drogas; el sometimiento a los dictados del afán de poder o a las exigencias de una vida de acuerdo con la moda, con un afán de consumo desmedido; la esclavitud de quien vive para aparentar, para competir para perderse así mismo ganando el mundo. Antes estas grandes pobrezas la universidad católica ofrece el testimonio, la palabra y el acompañamiento que orienta y enriquece. Acompañando sus estudios profesionales lo alumnos y la comunidad universitaria pueden adquirir una nueva perspectiva de la vida, siempre más profunda de lo que ahora lo hace y que solamente puede nacer de la fe y de la fe en Jesucristo.

San Pablo nos menciona a los quinientos hermanos reunidos la mayoría de los cuales vive aún y otros ya han muerto, que experimentaron personalmente la realidad de Cristo resucitado. Esta frase creo que debe aplicarse a todos nosotros somos testigos y heraldos de Jesucristo resucitado en quien nuestros pueblos tienen vida. Por ello tras el grande acontecimiento de Aparecida del año 2007, en este año el CELAM nos ha convocado a todo el Continente para dar inicio a la gran misión. La misión continental en este proyecto las universidades católicas tienen un lugar insustituible la sabiduría cristiana debe penetrar en el mundo universitario, no sólo de manera tangencial y externa, sino verdaderamente haciéndose presente en todas las dimensiones de su actividad en lo más profundo de su cultura, particularmente se trata de que las diversas disciplinas profesionales sean iluminadas por la radical verdad del Evangelio, por una apasionada certeza en la dignidad intrínseca del hombre y por la convicción de que todas las realidades creadas deben servir a la persona.

Del mismo modo la universidad debe rebasar sus fronteras para hacerse presente en el mundo. En este sentido sus instituciones ofrecen ejemplos de profunda solidaridad, de amor por el prójimo, de servicio desinteresado, que muestra que el amor no está escondido ni guarda silencio. Son actos que llaman al mundo a redescubrir en su entraña la semilla del Evangelio y la presencia del fermento en la masa.

Queridos hermanos y hermanas, es mi esperanza que este momento de comunión que estamos viviendo sea para cada uno de ustedes una gracia más que manifiesta la acción constante de Dios en la historia y su presencia vivificante, que nos llama a compartir el tesoro que hemos encontrado, que nos ha sido regalado.

El Señor dice en el Evangelio al fariseo: “has juzgado bien”. Sus universidades están llamadas a juzgar bien en los temas más delicados que afectan nuestro mundo: el tema de la vida, el tema del bien común, el tema de la justicia y sobretodo el tema del amor.

Elevamos nuestras oraciones para que este encuentro de lectores rinda los frutos que el Señor se digna a concederle y que vuelvan a sus lugares de origen de todos los rincones de nuestra América Latina y el Caribe con la bendición de nuestra Madre María, que desde el Tepeyac ha prometido guardarnos en el cruce de sus brazos, en la persona de un humilde, y por ello grande santo, como lo es san Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Que Dios los bendiga.

 
 
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