26 de septiembre
de 2008
Muy queridos hermanos, fieles laicos de Cristo Jesús, queridos hermanos
de este venerable Cabildo de Guadalupe. Me da una gran alegría
el poder acompañar a todos ustedes que trabajan en el gran diario
de México, en El Universal. Acompañarlos en esta peregrinación
en donde vienen en primer lugar a contemplar a la Señora del Cielo.
Los judíos por mucho tiempo esperaban
al Salvador, esperaban al Mesías, al ungido. Cuando llega Jesús
ven a un hombre como los demás hombres. Es cierto, les llama la
atención su predicación, los signos que va haciendo; pero se preguntan:
¿quién será este? Y un día Jesús, a solas con sus discípulos,
Él mismo les pregunta: ¿quién dice la gente que soy yo? Y hay
respuestas muy variadas. Unos dicen que eres Juan el Bautista,
otros que Elías o alguno de los antiguos profetas. Es muy fácil
dar una opinión de otro.
¿Qué dice la gente de nuestro tiempo
de Jesucristo? Hemos oído para unos Jesucristo es una superestrella.
Para otros simplemente es un guerrillero. Para otros un taumaturgo
que aprendió ciencias ocultas en el Lejano Oriente, etc. Se pueden
dar muchas respuestas.
Pero Jesús les pregunta de manera más
directa y ¿ustedes quién dicen que soy yo? Tú eres el Mesías de
Dios, le responde Pedro a nombre de los demás discípulos. Esta
es la fe de la Iglesia. Pedro que hace cabeza entre los discípulos
del Señor responde por todos: Tú eres el Mesías de Dios, el
ungido de Dios. O en expresión de otro Evangelista tú es eres
el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Esa es la fe de la Iglesia.
Nosotros, cuando contemplamos a Nuestra
Señora, quizá nos hacemos la misma pregunta que se hacían los
contemporáneos del gran acontecimiento guadalupano. ¿Quién es
esta s
Señora? No es Tonantzin. Ella no es diosa, Ella no viene a pedir
sacrificios. ¿Quién es? El humilde Juan Diego va contando lo que
él recibió: es la madre del verdadero Dios por quien se vive.
Y contemplando la imagen que dejó en su tilma, los contemporáneos
de Juan Diego por ellos mismos veían lo que nosotros podemos ver
hasta nuestros días. Ella ciertamente no es Dios, pero trae en
su seno al Hijo de Dios. Al Sol que tanto estaban esperando, cuando
ya vivían en la desesperación porque estaba por terminar su historia,
estaba por terminar el ciclo. Y aparece la Señora del Cielo con
el Sol en su seno, el Quinto Sol.
Empiezan a nacer una gran esperanza,
empieza a nacer un gran proyecto. Empiezan a reconocer en aquella
Señora que aparece en estos lugares a la verdadera Madre del Dios
por quien se vive. Al nuevo sol de Justicia, a ese Sol que estaban
esperando con ansía pero que parecía que ya no llegaba. Y la Señora
lo trae en su seno y viene a mostrarlo a todos los moradores de
esta tierra. Por eso desde hace 477 años el pueblo mexicano acude
con gran devoción a reconocer, sí, a Santa María de Guadalupe,
a oír su mensaje; pero sobre todo a adorar a Aquel que viene en
sus entrañas, al Cristo, al Hijo de Dios vivo.
Hermanos y hermanas, estos momentos,
nuestra patria, nuestro México, vive momentos muy especiales y
tenemos que pedirle la sabiduría a Dios para saber qué hacer.
Todos podemos hacer algo. Como acabamos de escuchar, ningún hombre
es capaz de hacerlo todo. Pero todos podemos hacer algo por nuestra
patria en estos momentos tan difíciles. Momentos difíciles, porque
la violencia ha crecido. Momentos difíciles, porque muchos de
nuestros valores ya no los tenemos. Momentos difíciles, porque
suceden situaciones en otras partes del mundo que nos pueden afectar
fuertemente. Son momentos en que ningún mexicano puede regatearle
nada a México.
Acabamos de escuchar en el libro del
Qohelet: Hay tiempos de nacer y hay tiempos de morir. Hay
tiempos de edificar y hay tiempos de derrumbar. Nosotros tenemos
que saber con certeza, por eso le pedimos la sabiduría a Dios,
qué es lo que nos pide en estos momentos, para nosotros mismos,
para nuestras familias, para nuestra patria. Ciertamente no nos
va a pedir el odio, cuando vemos que ese odio va creciendo. Nos
pedirá reconciliación. No nos pedirá luchas fraticidas; sino fraternidad.
No nos pedirá que nos quedemos paralizados ante la problemática;
sino contribuir cada uno con las capacidades, con los medios que
Dios ha puesto en nuestras manos para que México sea la casa de
todos, en donde todos podamos convivir en paz.
Hoy que nos presentamos a contemplar
a la Señora del Cielo, pidamos que ese Sol, que trae en sus entrañas
nos ilumine, nos dé una verdadera luz para tomar el camino correcto.
Cada quien tiene una responsabilidad. Por supuesto, todos ustedes,
los que trabajan en los medios de comunicación, tienen una gran
responsabilidad y a México no le pueden regatear nada. No se trata
de trabajar para una persona en particular, ni siquiera para un
partido. Se trata de que trabajemos todos y contribuyamos todos
y de que todos pongamos algo para que nuestro México cambie. Y
seamos dignos de los mexicanos.